jueves, 15 de marzo de 2012

La Guerra civil española - George Orwell



Los pueblos aragoneses causaron una profunda impresión a Orwell, esos míseros pueblos aragoneses de los años treinta tan bien descritos por Ramón J. Sender "Me parece que incluso en tiempos de paz no hubiese sido posible recorrer esta parte de España sin quedar impresionado por la peculiar y extremada miseria de los pueblos aragoneses. Son como fortalezas, un amontonamiento de endebles casuchas de barro y piedra apiñadas en torno a la iglesia, y ni siquiera en primavera es fácil ver una flor en aquellos alrededores. Las casas no tienen jardines, sólo corrales en la parte trasera, donde unas escuálidas gallinas patinan sobre una alfombra de estiércol de mula"


Texto completo:


GEORGE ORWELL EN BARBASTRO
Toni Soláns Brandi, Junio 1999


Al igual que otros intelectuales extranjeros, George Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair) se involucró activamente en la guerra civil española ya que luchó en el frente de Huesca donde incluso fue herido. Estas experiencias fueron plasmadas en un extraordinario libro llamado "Homenaje a Cataluña" (Homage to Catalonia) publicado en 1938, documento imprescindible para poder analizar este siglo y en particular nuestra guerra civil. En esta ocasión no hablaremos de la guerra civil ni por supuesto realizaremos una crítica literaria sino que nos limitaremos a contar las referencias que hace Orwell a nuestra ciudad que nos servirán para conocer el Barbastro de los primeros años de la guerra.

En diciembre de 1936 llega Orwell a España con la "vaga idea de escribir artículos para los periódicos" pero se alista en las milicias del POUM (siglas del Partido Obrero de Unificación Marxista, de carácter troskista y de gran implantación en Cataluña) según sus palabras " porque en aquella época y en aquella atmósfera era lo único concebible". Una vez realizada la instrucción en el Cuartel Lenin de Barcelona, es enviado al frente de Aragón concretamente a Alcubierre, al llegar por primera vez a Barbastro lo describe así: "Barbastro, aunque quedaba muy lejos del frente, ofrecía un aspecto desolado y maltrecho. Enjambres de milicianos con andrajosos uniformes vagaban por las calles tratando de protegerse contra el frío, En una tapia medio en ruinas vi un cartel del año anterior que anunciaba que seis hermosos toros serían lidiados en la plaza el día tantos de tantos. ¡Qué tristeza daban aquellos colores deslucidos! ¿Dónde estaban ahora los hermosos toros y los arrogantes toreros? Al parecer, ni siquiera en Barcelona había corridas de toros; por un motivo u otro los mejores matadores eran franquistas".

Los pueblos aragoneses causaron una profunda impresión a Orwell, esos míseros pueblos aragoneses de los años treinta tan bien descritos por Ramón J. Sender "Me parece que incluso en tiempos de paz no hubiese sido posible recorrer esta parte de España sin quedar impresionado por la peculiar y extremada miseria de los pueblos aragoneses. Son como fortalezas, un amontonamiento de endebles casuchas de barro y piedra apiñadas en torno a la iglesia, y ni siquiera en primavera es fácil ver una flor en aquellos alrededores. Las casas no tienen jardines, sólo corrales en la parte trasera, donde unas escuálidas gallinas patinan sobre una alfombra de estiércol de mula"

Al ser herido en un brazo en el frente fue trasladado primero al "hospital" (mas bien barracones) de Siétamo y posteriormente al hospital de Barbastro (además de San Julián se habilitaron como hospitales la Casa Amparo y San Vicente) tal como nos cuenta: "Al anochecer habían llegado suficientes enfermos y heridos como para llenar unas cuantas ambulancias y nos llevaron a Barbastro. ¡Que viaje! Solía decirse que en aquella guerra se sobrevivía si solo se era herido en las extremidades, pero que siempre se moría de una herida en el abdomen. Entonces comprendí por qué. Nadie que pudiese sufrir hemorragias internas podía sobrevivir al traqueteo de tantos kilómetros por unas carreteras tan malas, destrozadas por los pesados camiones y que no habían sido reparadas desde que empezó la guerra...... El hospital de Barbastro estaba completamente lleno, las camas estaban tan juntas que casi se tocaban. A la mañana siguiente unos cuantos de nosotros nos metieron en un tren especial y nos mandaron a Lérida".

Una vez recuperado de sus heridas en Barcelona y siendo testigo de los sucesos de Mayo de 1937 donde los comunistas intentaron aplastar la revolución anarquista (CNT, FAI) y del POUM, se traslada nuevamente al frente para sellar la licencia y conseguir el certificado que le declarara inútil para la guerra y así poder regresar a Inglaterra y nuevamente en Barbastro realiza la siguiente reflexión: "Los detalles de aquel viaje final perduran en mi memoria con una extraña claridad. Mi estado de ánimo era distinto, estaba más predispuesto a la observación que meses atrás. Había obtenido la licencia, con un sello de la división número 29, y el certificado médico en el cual se me declaraba «inútil». Era libre de regresar a Inglaterra. Por lo tanto, me sentía capaz, casi por vez primera, de contemplar España. Tenía que pasar un día en Barbastro, porque sólo había un tren diario. Antes había visto Barbastro en rápidas visiones y me había parecido simplemente una parte de la guerra: un lugar frío, gris y enfangado, lleno de rugientes camiones y de tropas andrajosas. Ahora me parecía extrañamente distinto. Paseando por la ciudad, descubrí el encanto de las tortuosas callejas, de los viejos puentes de piedra, de las tabernas con grandes barriles rezumantes tan altos como un hombre, de misteriosas tiendas semisubterráneas donde se hacían ruedas de carro, puñales, cucharas de madera y botas de piel de cabra. Estuve viendo cómo un hombre hacía una bota y descubrí con gran interés algo que hasta entonces ignoraba, que las hacen con el pelo hacia dentro y sin quitarlo, de modo que uno bebe en realidad pelo de cabra destilado. Me había pasado meses bebiendo de las botas sin saberlo. En la parte baja de la ciudad había un río poco profundo de color verde jade, y junto a él un escarpado risco con casas construidas sobre el peñasco, de modo que desde la ventana de las alcobas se podía escupir dentro del agua que corría a treinta metros más abajo. En los huecos del risco vivían innumerables palomas. Y en Lérida había viejos edificios ruinosos en cuyas cornisas habían construido sus nidos millares y millares de golondrinas, de manera que a corta distancia el dibujo que formaban aquellos nidos incrustados parecía una florida moldura rococó. Era curioso que en casi seis meses no hubiera tenido ojos para semejantes cosas. Con la licencia en el bolsillo, me sentía otra vez como un ser humano y también un poco como un turista. Casi por primera vez era consciente de que estaba realmente en España, en un país que durante toda mi vida había deseado tanto visitar. En las tranquilas callejuelas de Lérida y de Barbastro tenía la sensación de captar un atisbo momentáneo, un lejano rumor de la España que vive en la imaginación de todos. Blancas sierras, cabreros, mazmorras de la Inquisición, palacios morunos, oscuras y ondulantes reatas de mulas, olivos grises y limoneros, muchachas con negras mantillas, los vinos de Málaga y Alicante, catedrales, cardenales, corridas de toros, gitanos, serenatas... en resumen España. El país de Europa que más había cautivado mi imaginación. Qué lástima que cuando por fin conseguía visitar aquella tierra hubiese tenido que conformarme con aquel rincón del nordeste, en medio de una confusa guerra y casi siempre en invierno".

Además de este libro George Orwell escribió cartas, críticas y ensayos sobre la guerra civil que fueron recopilados y publicados póstumamente en Londres en 1968 bajo el título de "Mi guerra civil española" en los que también se hace alguna alusión a Barbastro, si bien en ninguna ocasión tan extensa como en "Homenaje a Cataluña".

Para finalizar este artículo citaremos un recuerdo aparecido en este último libro, concretamente en la crítica de The Last Day of Madrid (Los últimos días de Madrid) de S. Casado en el que encontramos un pequeño resquicio de grandeza entre las miserias generadas por la guerra: "Nos disponíamos a emprender una rápida retirada por allí cuando hubo gran alboroto y silbidos en la trinchera fascista. Se acercaban algunos aviones nuestros. En ese momento un hombre, que quizá llevase un mensaje a un oficial, saltó de la trinchera y corrió a lo largo del parapeto a plena vista. Iba a medio vestir y al correr se sujetaba con ambas manos los pantalones. No quise disparar contra él. Es cierto que tengo mala puntería y soy incapaz de darle desde ochenta metros a un hombre corriendo y también que mi preocupación era volver a nuestra trinchera mientras los fascistas tenían fija su atención en los aviones. Sin embargo la causa de que no disparase fue aquel detalle de los pantalones. Había ido a tirar contra los "fascistas" pero un hombre que se sujeta los pantalones no es un fascista sino, evidentemente, un prójimo, alguien similar a uno mismo, y no apetece dispararle"


http://www.grupo7.com/barranque1/orwell.htm

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