miércoles, 10 de octubre de 2012

Cesare Pavese - El oficio de vivir

1935

24 de abril

Es preciso haber sentido la manía de la autodestrucción. No hablo del suicidio: gente
como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del placer de "contarla", sólo
puede llegar al suicidio por imprudencia. Y además, el suicidio aparece ya como uno
de esos heroísmos míticos, de esas fabulosas afirmaciones de una dignidad del
hombre ante el destino, que interesan estatuariamente, pero que nos dejan
abandonados a nosotros mismos.
El autodestructor es un tipo más desesperado y utilitario al tiempo. El autodestructor
se esfuerza por descubrir en su interior cualquier lacra, cualquier cobardía, y por
favorecer estas disposiciones a la anulación, buscándolas, embriagándose con ellas,
disfrutándolas. El autodestructor está en definitiva más seguro de sí que cualquier
vencedor del pasado, sabe que el hilo del apego al mañana, a lo posible, al prodigioso
futuro, es un cable más fuerte -tratándose del último empujón- que no sé cuál fe o
integridad.

El autodestructor es sobre todo un comediante y un dueño de sí. No desperdicia
ninguna oportunidad de sentirse y de probarse. Es un optimista. Lo espera todo de la
vida, y se va afinando para producir bajo las manos del caso futuro los sonidos más
agudos o significativos.
El autodestructor no puede soportar la soledad. Pero vive en un continuo peligro: que
lo sorprenda una manía de construcción, de ordenación, un imperativo moral.
Entonces sufre sin remisión, y podría incluso matarse. 

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