"Y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: "Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina". Y el doctor responde: "¿Pues por qué no lo mete en un manicomio?". Y el tipo le dice: "Lo haría, pero necesito los huevos". Pues, eso más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, saben, son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos." Woody Allen (Annie Hall)
jueves, 8 de marzo de 2012
Arte basura - Tapies
Albert Boadella
No hubiera escrito nada si no fuera porque los medios se han lanzado, todos sin excepción, a la contaminación mental del ciudadano en una enésima versión del cuento del rey desnudo. Esta vez, se han empleado a fondo mediante una retahíla de tópicos, elevando un bricoleur de la modernidad a la altura de Goya, Picasso, Velázquez y cualquiera que se ponga por delante.
Tocaba proclamar la muerte del mayor pintor del siglo XX y ni una sola de las portadas o editoriales ha tenido la honestidad para expresar aquello que todos piensan. Porque, vamos a ver ¿Existe algún ser humano sensible, culto, sensato, inteligente, sin defectuosidad visual o simplemente con sentido común, al cual le guste Tapies? Obviamente, estamos hablando de pintura. Otra cosa es que por motivos colaterales o miméticos, su marketing haya estimulado un aumento de exquisitez en todos aquellos que muestran su fervor pero aquí entraríamos en el terreno de las patologías y los complejos.
Decir que sus obras son la más genuina representación de la nada, y además, de una nada fatua y pedante es arriesgarse a pasar por un ancestro, un cateto o un reaccionario.
Precisamente, esta ha sido la clave de su gran éxito y no hay otro. Sin embargo, es unicamente un éxito mediático, pues a pesar de llevar más de cincuenta años vendiéndonos su obra vinculada al sinónimo de libertad, modernidad y progresía, admitirán que el común de los ciudadanos sigue sin gustarle Tapies y se apunta a la mofa por poco que le incites ¡Si lo sabremos Joglars! También sabemos que con Tiziano, Rembrandt o Cezanne, no hubiera funcionado.
Comprendo que la realidad tiende a ser dolorosa y parece más agradable para los artistas evitar entrometerse en las fantasías de los exquisitos a fin de no salir denigrado pero la realidad clama al cielo. Una realidad en la que no es necesario ser vidente para anticipar lo que serán en el futuro las mercantiles ocurrencias de residuos urbanos bajo la firma Tapies ¿Quién recordará estas mezcolanzas de albañilería? Solo los que han pagado fortunas, convertidos ahora en accionistas de su obra y a los cuales les tocará la difícil tarea de mantener la cotización y vigilar que la mujer de la limpieza no eche los cartones garabateados a la basura (no sería la primera vez)
Un triste futuro, y que nadie me cite el cacareado caso Van Gogh o Modigliani como reconocimiento tardío porque estos pobres diablos no tuvieron medio siglo de propaganda y dinero del contribuyente a su servicio para promocionar las obras. Resulta lógico que el reconocimiento no acompañara sus vidas, por otro lado, unas vidas que nadie hubiera deseado tenerlas en el rellano de su escalera, lo que hacía también más complicada la comercialización.
Es posible que no sea del mejor gusto escribir esta necrológica pero las diversas apariciones de “Tapiolas” en alguna de nuestras obras bajo los términos antes mencionados me obligan a “mantenello y no enmendallo” frente a los epitafios idolatras e insultantes para el noble arte pictórico que han figurado en las portadas de todos los medios.
Que Dios le tenga en cuenta por haber participado en el gran teatro del mundo con su ejemplar versión de “El vestido nuevo del emperador”
http://www.elsjoglars.com/blog.php?post=513
lunes, 5 de marzo de 2012
Palabras - La lluvia en Galicia tiene cien caras
Una catedrática de Filoloxía relaciona el origen etimológico y el afectivo del verbo con más matices de la comunidad: llover
ELENA OCAMPO - Vigo
Sugería W. Porzig en El Mundo Maravilloso del lenguaje que los nombres de las cosas indican la posición de una comunidad con respecto al mundo que le rodea y también que, en cierta medida, en la relación entre nomenclaturas y cosas influirá la situación espiritual y cultural de la comunidad.En Galicia, donde Siniestro Total dijo que la lluvia es arte y los foráneos creen que es permanente, una investigadora se propuso el reto de acercarse al curioso caso: de cinco palabras de latín y griego, en gallego se formaron un ciento de términos.
Si la vaca es el animal totémico en Galicia, la lluvia es el referente meteorológico que la identifica. Muchas publicaciones científicas se han referido a la multitud de términos con los que algunos pueblos, como los esquimales se refieren a los distintos tipos de nieve, por ejemplo.
En Galicia solo algunos estudios, como la memoria de licenciatura de la hoy experta filóloga Elvira Fidalgo –de la Universidad de Santiago– han desglosado esa relación íntima entre las formas de llamar a la lluvia y la apreciación que hace quien lo enuncia de cómo llueve. Fidalgo distingue en "Las denominaciones románicas de la lluvia (y de) llover" de dónde procede la palabra etimológicamente y también cuestiones que tienen que ver con la idiosincrasia y los sentimientos.
Los términos proceden de encuestas en más de un centenar de parroquias y localidades de las cuatro provincias gallegas, Oviedo, León y Zamora. "Es lógico que una población que vive inmersa en la lluvia busque mil conceptos sacados de las imágenes más variadas para nombrar aquello que está presente en su vida, y dicen que también en su espíritu", reflejó en su estudio la catedrática de Filoloxía.
En número, los términos hallados pueden superar el centenar: "Lo más sorprendente de todo es pensar que en latín había cuatro o cinco palabras distintas para denominar la lluvia y que, detrás de la mayoría de las palabras analizadas en nuestro estudio, hay, por lo menos, unos cincuenta étimos diferentes", explica.
"El factor multiplicador que da como resultado esa enorme variedad parece ser el proceso lingüístico conocido como traslación del significado; es decir, utilizar una palabra con un significado diferente al habitual –por ejemplo, cuando decimos que "llueve a mares". Y hay que sumar situaciones anímicas de los hablantes. No intervendrán las mismas razones afectivas en una región donde el agua es muy esperada porque no suele llover, que en una región donde el exceso de agua dificulte las actividades cotidianas".
Para denominar la lluvia de poca intensidad, la llovizna, en Galicia pueden utilizarse los términos orballo, orballeira, orballada; chuvisco, chuviscada, chuviña –relacionadas con el latín "pluvia"– pero también babuxa, babuxada, barruxeira, barruxada, barruceira, que estarían relacionadas con el término griego "Boreas", viento del norte, y que traería el agua;
Otras como poalla, poalleira, poallada están creadas sobre el latín "pulvis", que evolucionó en latín vulgar hasta dar "po" en gallego, y que está en la base de esas palabras al comparar la lluvia de gotas muy finas con las partículas de polvo en suspensión.
Para la denominación de lluvia fuerte, además de los mencionados, el gallego emplea sobre todo los derivados del latín "turbo" –indicaba cualquier tipo de objeto impulsado con un movimiento circular–. Y será esta idea la que se asocie a la lluvia para crear palabras como trebón, torbón, treboada, torboada. O términos como borrascada, que fueron creados sobre el mismo "boreas", al que se le ha añadido un sufijo intensificador. Otras expresiones formadas con lluvia más un elemento que indica gran cantidad, como por ejemplo "chover a caldeiros", "chover a ballón", "caer (el agua) a chorros", "a cichón", "a choupón"… Un diluvio de palabras que con claridad la investigadora reseña.
Elvira Fidalgo – filóloga de la Universidad de Santiago –
http://www.farodevigo.es/sociedad-cultura/2012/03/05/lluvia-galicia-cien-caras/629602.html
domingo, 4 de marzo de 2012
Andres Trapiello - Manuel Chaves Nogales
La guerra no contada
DE TODOS los cientos de relatos o novelas que se han escrito de la guerra civil acaso ninguno puede compararse a A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. A su lado muchas de las páginas de tantos otros -Foxá, Max Aub, Neville, Baroja, Borrás, Petere, Barea- parecen oscurecerse faltas de nervio o sobradas de retórica guerrera. Ni han contado lo que él contó ni lo contaron de la misma manera. Bastaría con leer estas nueve historias para tener una idea bastante aproximada de lo que fue todo aquello. Es más, no se hallará en ningún otro libro, ni escrito entonces ni después por ninguno de los que protagonizaron tales hechos, páginas más lúcidas, más inteligentes y certeras para un diagnóstico que muchos han tardado en aceptar como mínimo cincuenta años.
Su prólogo, por ejemplo, debería figurar, íntegro, en todos los manuales de historia, de periodismo y de literatura, como modelo de probidad y de tino, tanto más cuanto que fue concebido en medio del desastre, sin tiempo para componer la figura, corregir el tiro o enmendarlo, como luego se hizo a menudo.
A Chaves Nogales, que en 1936 era uno de los periodistas cimeros españoles, le sorprendió la guerra en Madrid. Y él, que había servido a patrones capitalistas, no tuvo inconveniente en colaborar con los consejos obreros que se apropiaron de los periódicos en los que trabajaba, en alguno de los cuales se le nombró 'camarada director'. Denunció desde el primer momento los fascismos de Europa y no sintió nunca ningún entusiasmo revolucionario, pero mientras estuvo en Madrid bregó por la República de manera inequívoca. Chaves, no conviene olvidarlo, fue un antifascista convencido y un trabajador con conciencia de clase, sólo que la clase era la suya, liberal y burguesa. Sólo cuando el Gobierno se marchó a Valencia se sintió legitimado para abandonar una guerra en la que comprendió que no podía ganar más que un dictador, fuese de izquierdas o de derechas. Y eso hizo a primeros de 1937. 'En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco asesinando a mujeres y niños inocentes'.
Su primer trabajo fue escribir A sangre y fuego, que publicó ese mismo año de 1937 la editorial chilena Ercilla, la misma en la que Baroja sacó año y medio después Ayer y hoy, también sobre la guerra civil. Ambos libros tuvieron una historia paralela: acabaron siéndole escamoteados al lector español durante medio siglo. En el caso del de Baroja se trató de un escamoteo conjugado a medias por las circunstancias, por Baroja y por la familia de Baroja, siempre tan previsora; en el de Chaves hay que atribuirlo únicamente a las ideas que se contenían en él. A nadie, y menos a ninguna de las partes que se batieron en la guerra, podía gustarle un escritor que les censuraba a ambos con la misma dureza, y sin querer se pusieron de acuerdo para olvidarlo: 'Mi única y humilde verdad', nos dirá Chaves, 'era un odio insuperable a la estupidez y la crueldad... Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España... Los caldos de cultivo de esta nueva peste nos lo sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo'. Pero esta frase, que encontramos meridiana en 2001, en 1937 era sumamente peligrosa: 'De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos suficientes para haber sido fusilado por los unos y por los otros'.
Pero vengamos a sus relatos.
Participan todos ellos de esa paradójica belleza que a veces emana de la muerte y de los actos barbáricos, como en aquel poema de Paul Celan en el que unos hombres, que van a ser asesinados, logran levantar sobre el mundo, y mediante los mismos cánticos que les arrancan a la fuerza sus verdugos, algo bellísimo y muy puro y muy noble. Tal vez porque la guerra sea, como decía Heráclito, padre de todas las cosas, ese espacio donde prosperan los valores más contradictorios. El primer tramo de los nueve relatos de A sangre y fuego es siempre la realidad. Chaves insiste mucho en decir que ni siquiera ha tenido que inventárselas, porque lo que sobraban en esos momentos son historias. Como era previsible en alguien como él, las suyas son historias protagonizas por rojos y azules, buenos y malos, en unas trincheras y en otras, en Madrid, en Valladolid, en los frentes de la sierra o del campo. Falangistas, moros, anarquistas, gentes sin filiación, cobardes o valientes, pero siempre observados de cerca, desde su propia evidencia.
A menudo reconocemos, bajo un disfraz, a alguno de los protagonistas, como el sanguinario Felipe Sandoval, ladrón, asesino y defensor de la causa de los pobres, o aquel Algabeño que paseó a caballo, con los señoritos sevillanos, su instinto de asesino. En otros casos, Chaves no se molesta en los maquillajes y nos saca a un Malraux acobardado en una taberna, a 'Alberti, con su aire de divo cantador de tangos' o a 'María Teresa León, Palas rolliza con un diminuto revólver en la ancha cintura'. Pero siempre le vemos a él, en primer término, con su linterna en alto, recorriendo los sombríos escenarios de una guerra cuya primera víctima fue la decencia. Lo más extraño de estos relatos, y sin duda lo más valioso, lo encontramos en el carácter de sus personajes: cuanto mejor fondo tienen, más expuestos están a esa estupidez que denunciaba en el prólogo, endógena o exógena; y su mejor arma, como escritor, la sencillez y la verdad, tan eficaces cuando van juntas.
Pocas veces un libro de literatura le enseñará a alguien más y mejor sobre la naturaleza humana expuesta a sus propios demonios. Las dos últimas líneas del libro no podrían resumir mejor lo que en él hallamos: 'Murió batiéndose heroicamente por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese'. Con esa clase de ideas no es extraño que este libro ejemplar haya tardado tanto en reeditarse. En cuanto al propio Chaves conviene añadir que murió en el exilio, luchando como siempre lo hizo, como escritor y como periodista, por esa misma causa para la que en su propio país no encontró demasiados aliados.
http://elpais.com/diario/2001/11/24/babelia/1006561030_850215.html
sábado, 3 de marzo de 2012
Serial defaulter - III
Kenneth S. Rogoff
España ha estado en bancarrota en los siguientes años:
- 1557, 1575, 1596, 1607, 1627, 1647 (época del Imperio Español bajo los Austrias).
- 1809, 1820, 1831, 1834, 1851, 1867, 1872, 1882 (los convulsos años de guerras civiles variadas durante el siglo XIX).
Curiosamente, no hemos entrado en quiebra durante el siglo XX.
Así pues, si el estado español entrase nuevamente en quiebra durante los próximos años, sería simplemente una vuelta al pasado. Obviamente, con los matices derivados de las diferentes situaciones económicas locales y mundiales.
Adjunto enlace al artículo (en inglés):
http://www.burbuja.info/inmobiliaria/burbuja-inmobiliaria/139648-curiosidad-historica-espana-record-mundial-historico-de-bancarrotas.html
This Time is Different: A Panoramic View of Eight Centuries of
Financial Crises*
Carmen M. Reinhart, University of Maryland and NBER
Kenneth S. Rogoff, Harvard University and NBER
http://www.economics.harvard.edu/faculty/rogoff/files/This_Time_Is_Different.pdf
España ha estado en bancarrota en los siguientes años:
- 1557, 1575, 1596, 1607, 1627, 1647 (época del Imperio Español bajo los Austrias).
- 1809, 1820, 1831, 1834, 1851, 1867, 1872, 1882 (los convulsos años de guerras civiles variadas durante el siglo XIX).
Curiosamente, no hemos entrado en quiebra durante el siglo XX.
Así pues, si el estado español entrase nuevamente en quiebra durante los próximos años, sería simplemente una vuelta al pasado. Obviamente, con los matices derivados de las diferentes situaciones económicas locales y mundiales.
Adjunto enlace al artículo (en inglés):
http://www.burbuja.info/inmobiliaria/burbuja-inmobiliaria/139648-curiosidad-historica-espana-record-mundial-historico-de-bancarrotas.html
This Time is Different: A Panoramic View of Eight Centuries of
Financial Crises*
Carmen M. Reinhart, University of Maryland and NBER
Kenneth S. Rogoff, Harvard University and NBER
http://www.economics.harvard.edu/faculty/rogoff/files/This_Time_Is_Different.pdf
Serial defaulter - II
DOS QUIEBRAS POR SIGLO: HISTORIA DE LAS BANCARROTAS EN EL REINO DE ESPAÑA
¿Puede España entrar en bancarrota? Quizás. De hecho tiene el honor de ser el primer país de la Historia en arruinarse. La última vez que suspendió pagos fue el siglo pasado tras la Guerra Civil y desde finales del siglo XVI no ha podido hacer frente a sus deudas en más de una decena de veces. Felipe II fue el primero en presentar un `concurso de acreedores´ y los últimos volúmenes de deuda y el fuerte desempleo han vuelto a despertar los fantasmas de la quiebra. Lista de todas las bancarrotas de España
Las finanzas españolas siempre se han movido en el terreno de las bancarrotas. La falta de emprendedores ha hecho que la mayor parte de las infraestructuras siempre haya ido al cargo de la Hacienda Pública. Gastos que no siempre se han visto compensados por la parte de los ingresos y que han llevado a una media de casi una quiebra cada 50 años, aunque se han vivido periodos muy tranquilos.
Primero fue el alto coste de las empresas bélicas hispanas, desde Filipinas hasta las Indias. Más tarde, la Guerra de Independencia y la pérdida de las colonias –las gallinas de los huevos de oro y plata-. Luego, las luchas entre conservadores como Cánovas del Castillo y progresistas como Sagasta fueron las que no permitieron el equilibrio de las finanzas. Finalmente, fue la Guerra Civil la que llevó de nuevo la suspensión de pagos a la economía española.
Carlos I de España por Tiziano
El concepto de deuda, tal y como se entiende hoy en día, lo crea Carlos I de España y V de Alemania. A la muerte de su abuelo Maximiliano I, en 1519, compite con el rey de Francia, Francisco I, por ser elegido Rey de los Romanos. El prestamista de su abuelo, Jakob Fugger (Jacobo Fúcar como se le conocía en España), se compromete a sufragar su elección entre los príncipes germanos con tal de cobrar las deudas pendientes de su abuelo y las nuevas que asumía el joven rey.
Una lucha que termina con Carlos como Emperador del Sacro Imperio Romano pero con una fuerte deuda con Fugger. A su muerte, el banquero amasaba una fortuna de 2,1 millones de florines, unos 125 millones de euros en la actualidad –una cantidad considerable para la época-.
El Emperador tuvo que firmar unos “Asientos” –obligaciones de hoy en día- a Fugger en los que se estipulaba el dinero a devolver y los intereses. Además, se utilizaban las minas de oro, plata y sal y los impuestos que se cobraban en Castilla como avales en caso de no pagarse la deuda. Comenzaba así la historia de la Deuda soberana.
Una deuda que fue creciendo al ritmo que crecía el Imperio Español. Se necesitaba dinero para batallas, para apaciguar revueltas y para seguir conquistando Las Indias. Préstamos que estaban asegurados por el poderío español y que habrían tenido calificación triple A de existir las agencias de calificación. Nadie dudaba del Imperio Español.
Los problemas llegaron con el ascenso al trono del hijo de Carlos I, Felipe II. Mantener un Imperio en el que “nunca se pone el Sol” no es barato. La Corona seguía endeudándose para mantener sus conquistas de ultramar. Finalmente, Felipe II al poco tiempo de comenzar a reinar se vio obligado a declarar la “suspensión de pagos de los asientos”: la primera quiebra de un Estado.
Una ruina que vino provocada por la construcción de un estado y por la hiperinflación. Felipe II articuló un estado cada vez más centralizado que costaba dinero, para ello desarrolló impuestos y una Hacienda. Tasas que no se cobraban ni al clero ni a los nobles, lo que hizo estallar la caja del dinero. Pero además, las cuentas públicas se vieron muy perjudicadas por la fuerte inflación que castigó al grano y a las tierras debido a las ingentes cantidades de oro que llegaban de América. Similar a los problemas que puede provocar darle a la máquina del dinero en la actualidad.
Con ese panorama, Felipe II sólo pudo suspender los pagos y comenzar a reestructurar su deuda. El monarca acordó con algunos prestamistas devolver sólo los intereses y olvidar el principal, con otros alargó el plazo de devolución del préstamo. Condiciones que los banqueros tuvieron que aceptar si querían recuperar algo del dinero prestado y que terminó con los Fugger arruinados, ya que Felipe II llegó a suspender los asientos –bancarrota-hasta tres veces.
Esa dinámica de préstamos e impagos recorrió los siglos XVII y XVIII. En cinco ocasiones, a lo largo de los dos siglos, se suspendieron los asientos o se renegoció la deuda –reestructuración que algunos expertos no descartan que tenga que hacer Grecia, aunque en la actualidad el plan de estabilidad del euro ha ahuyentado esos fantasmas-. Las continuas bancarrotas de España habrían convertido su deuda en bono basura si Moody´s o Fitch la hubieran calificado.
Hizo falta que llegara un francés, Philippe de Bourbon para poner orden a las finanzas españolas. Tras la Guerra de Sucesión, reinó como Felipe V desde 1700 hasta 1746 y articuló un estado moderno con funcionarios. A la vez retomó el comercio con América y elaboró una Hacienda con impuestos para financiar el nuevo estado.
Fernando VI siguió la estela de su padre y hasta Carlos III no se ve una innovación: el Banco de San Carlos. Una entidad encargada de convertir los vales reales y de descontar los efectos al 4%, contratar los suministros militares y pagar la deuda exterior. En un principio se pretendió que el capital privado entrara en el banco, pero los inversores no vieron negocio. La entidad cargada de deudas sobrevivió hasta 1829 cuando fue absorbida por el Banco de San Fernando.
El siguiente problema con la deuda española vino a finales del siglo XVIII. La decisión de Carlos IV de ir a la guerra contra Francia por haber cortado la cabeza a Luis XVI y a María Antonieta supuso la ruina de las finanzas patrias. La emisión desmesurada de vales reales terminó por llevar a la suspensión de pago de los intereses.
Los problemas franceses terminaron en la Guerra de Independencia que supuso una merma considerable del arca pública. Un gasto que ya no veía venir oro desde el otro lado del Atlántico, ya que cada vez eran más los territorios de ultramar que proclamaban su independencia. Un déficit crónico al que tuvo que enfrentarse Fernando VII durante todo su reinado y que fue punto de partida del siglo más difícil para las finanzas españolas: el XIX.
El s.XIX y la falta de una revolución industrial
El siglo XIX dejó patente la falta de iniciativa empresarial que terminó por dejar yermas las arcas del Estado. En un país con continuos golpes de Estado, pronunciamientos militares y demás peleas (absolutistas contra liberales, isabelinos contra republicanos,…), se hacía necesaria una revolución industrial que no se produjo y que sufragó el Estado.
El ferrocarril dinamitó las finanzas españolas y obligó a Isabel II a hacer más atractiva la deuda subiendo su rentabilidad, ya que los banqueros desconfiaban de los españoles. Un déficit que terminó en convertirse en impagos a las empresas que habían construido el ferrocarril y a los bancos que lo habían financiado. Una situación que provocó una quiebra en cadena que terminó con casi la mitad de las entidades financieras que había en el país. Tal fue el descontento de la sociedad que la Primera República se recibió con júbilo.
La primera parte del siglo XX fue tranquila hasta la llegada de la Guerra Civil. Ésa fue la última vez, hasta el momento, que España entró en default. Una deuda que se quedaron sin cobrar los prestamistas del bando perdedor, el Gobierno Republicano, ya que el general Franco sí reconoció su deuda. Según estimaciones, el Generalísimo debía 14.000 millones de pesetas al terminar la Guerra Civil. Los programas de Posguerra y la tecnocratización de la Dictadura terminaron poco a poco con los déficits. La posterior apertura al turismo terminó por llevar el superávit y las divisas extranjeras a las cuentas de España .
Sólo Grecia y sus problemas con la deuda han hecho despertar los fantasmas de la quiebra en España. Temores que parecen alejarse tras el plan de defensa del euro y el recorte del gasto propuesto por el presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Pero si alguien tiene algo que decir en esto de la deuda es España, el primer país en crear bonos y el primero en entrar en bancarrota.
Enlace:
http://www.invertia.com/noticias/articulo-final.asp?idNoticia=2341102
El mayor serial defaulter del mundo
España no se encuentra ante una simple recesión, ni ante una crisis más o menos grave.
El mal llamado ciclo alcista de 1996 a 2008 no fue más que un espejismo y desembocó en un desastre del que costará mucho tiempo recuperarse
- España en el país de las maravillas
Jordi Maluquer de Motes – El Pais - 19 FEB 2012
La historia demuestra que el crecimiento económico moderno ha sufrido frecuentes interrupciones, crisis que se expresan en una fuerte caída del ritmo de aumento del PIB. En dos etapas históricas, en 1881-1896 y 1929-1939, la prolongada postración de la actividad productiva dio forma a sendas Grandes Depresiones. A estas alturas, comenzado el año 2012, resulta obvio que no nos encontramos ante una simple recesión —caída del PIB en dos trimestres consecutivos— ni ante una crisis de mayor o menor gravedad, sino ante una auténtica tercera Gran Depresión.
El estallido de la actual Gran Depresión se produjo en agosto de 2007 con la crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos. Pese a que nos hallamos muy lejos de ponerle fin, la crisis se ha revelado ya mucho más rápida, diversa, compleja y cambiante que ninguna de sus antecesoras; algo así como la madre de todas las crisis. Las crisis económicas nunca han afectado al mundo entero por igual. Se han cebado en aquellos países que padecían de mayor fragilidad y que estaban menos preparados para afrontarlas. Tampoco ahora se trata, como se dice machaconamente, de “una crisis económica mundial”. Lo es por la gravedad de las consecuencias de lo que sucede en Europa sobre el resto del mundo. Pero el PIB de Asia crecerá en 2012 un 7,2%. Brasil y otros países latinoamericanos también obtendrán buenos resultados. Es fundamentalmente la crisis de Latinoeuropa y, sobre todo, de Italia y España. Berlusconi y Zapatero. De Islandia, Grecia, Portugal e Irlanda también, pero son economías pequeñas cuya caída no pondrá al mundo patas arriba.
España no iba nada bien. Nunca se habían cantado las maravillas del crecimiento económico español como se ha hecho en los últimos 15 años. Con referencia a 1996-2007, se ha escrito que la crisis cierra un “ciclo de doce años de vacas gordas” o una etapa de “13 años de crecimiento ininterrumpido y robusto (3,5% de media en este periodo)”. Se ha calificado de “portentoso ciclo alcista”, “década prodigiosa” o de “larguísima década prodigiosa que va de 1996 a 2008”. Se apunta que “la economía pudo crecer desaforadamente” y que “España protagonizó una impresionante historia de éxito”. Y unas cuantas lindezas más. Todo falso. Ha sido un crecimiento económico ficticio. ¿En qué estarían pensando los analistas que contaban aquellas inverosímiles maravillas? ¡Perdónales, Señor, no sabían lo que escribían! ¿O sí lo sabían?
- Zapatero se lució con una pésima gestión de la crisis desde el principio -
Como conocen todos los estudiantes de primer año de Economía, el crecimiento no se mide por el aumento del PIB, sino del PIB por habitante. En estos años, España ha aumentado su población gracias a una inmigración de dimensiones desconocidas en la historia, muy por encima de los demás países del mundo occidental. Así que, ponderado por el aumento de sus habitantes, el crecimiento del PIB supera por muy poco al crecimiento de la UE de 15 miembros en la primera parte del periodo, para quedar por debajo ya en 2004 y de forma permanente a partir de 2006, según datos de Eurostat.
En comparación con el conjunto del mundo, el resultado es mucho peor: la economía española ha crecido por debajo de la tasa de crecimiento del PIB mundial. El único periodo en que España lideró el crecimiento, solo por detrás de Japón, fue en 1961-1973: nada menos que el 8% de aumento anual del PIB. El tamaño de la economía se multiplicó por un factor 2,7 en solo 13 años. Algo que hoy no podemos siquiera soñar.
Hay que añadir, todavía, que el exceso de crecimiento relativo del PIB español sobre el de la UE, con referencia al tamaño demográfico, es muy inferior a la gigantesca ayuda económica recibida. Se ha crecido algo más que la media gracias a los donativos gentilmente concedidos por alemanes y otros europeos del Norte, cerca de un 1% anual del PIB entre 1996 y 2006. Más, mucho más, que el Plan Marshall que permitió reconstruir Europa después de la II Guerra Mundial. Dos grandes conocedores del tema, José Luis González Vallvé y Miguel Ángel Benedicto Solsona, han calificado estos hechos como “la mayor operación de solidaridad de la historia”. Pero el maná no podía durar eternamente. ¿Quién creyó que nos iban a mantener de por vida? ¿No están ahora ellos, los europeos del Norte, en su derecho de pasar cuentas?
- No es muy probable que los españoles vuelvan a dejarse embaucar -
El capitalismo del despilfarro. La pregunta más grave es otra: ¿qué se hizo de aquella inmensa ayuda recibida, producida por el trabajo de nuestros socios de los países donantes? ¿Ha servido para elevar la productividad relativa y hacer más competitiva la economía? La respuesta es clara: se han construido numerosas líneas del TGV —nuestro entrañable AVE— ruinosas, autopistas y autovías que no llevan a ninguna parte, aeropuertos, universidades, centros tecnológicos, auditorios, polideportivos, sedes de partidos y sindicatos, ciudades de la ciencia y todo lo que usted quiera. Particularmente inquietante aparece el diagnóstico de Germà Bel, cuando anuncia que el lastre para el crecimiento de una infraestructura inútil seguirá en el futuro porque es, en sí mismo, “el problema de España”, su razón de ser.
El país entero se sintió invitado a la fiesta. Pisos en propiedad como derecho constitucional para todos, segundas y terceras residencias, embarcaciones deportivas, vacaciones en las antípodas, bodas y festejos varios por todo lo alto. En fin, ¡a vivir que son cuatro días! Antiguamente, la prosperidad del personal procedía de tener “un tío en América”. De golpe, la cosa era más cercana: “¡Ya somos europeos!”. Como alguien acabaría pagando la factura, ¡tonto el último! El fin de la presunta década dorada es “el estallido de una burbuja inmobiliaria de proporciones monstruosas”, como señaló The Economist, que estamos muy lejos de digerir.
- Uno de los grandes problemas ha sido el sometimiento de las voces disidentes -
El crecimiento económico depende del aumento de la productividad. La productividad española ha ido de capa caída. El gráfico 2 muestra su evolución en 1996-2010, expresada en porcentaje de la que ha tenido la UE de 27 miembros. El balance es desolador. Pese a los ingentes fondos europeos, la productividad relativa se deterioró hasta 2005. Solo el comienzo de la crisis y la pavorosa destrucción de empleo han permitido recuperar el nivel relativo de 1996, aunque sin consolidar esa recuperación. ¡Gracias a que no trabaja casi nadie! Al paso que vamos, llegaremos a tener el récord mundial de productividad… No se haga el lector muchas ilusiones, la productividad por persona ocupada, en términos reales, no ha mejorado apenas desde 2006. Solo que se ha empezado a deteriorar también en los restantes países de la UE.
La orgía del gasto no ha servido de mucho. Seguimos sin ancho de vía europeo, con el consiguiente diferencial de costes para la exportación a Europa. La última ocurrencia, con la que se despidió el ministro de Fomento saliente, consistió en anunciar la construcción de cinco corredores ferroviarios de ancho europeo. Observe el lector la aguda reflexión de nuestro amable rector y guía: ¿quieren ustedes caldo? Pues, cinco tazas. Si se tarda en hacerlo 50 años, mejor. Así habrá promesas electorales disponibles para lo que nos pueda quedar de vida, si conseguimos sobrevivir. Porque, entre tanto, habrá que recortar otra vez salarios, subir impuestos, congelar pensiones y retrasar de nuevo la edad de jubilación, y solicitar de la bondad humana —señora Merkel o sucesores— que nos sigan subsidiando.
Tarde y mal. El Gobierno de Rodríguez Zapatero se lució con una pésima gestión de la crisis desde el principio. Ni su país, ni su partido, se merecían este lamentable galimatías. Alfredo Pastor resume: “Diagnósticos engañosos, planes improvisados, órdenes seguidas de contraórdenes, compromisos rotos son los hitos que jalonan una trayectoria lamentable”. La imagen ante el mundo, patética: “Tanta incompetencia agrava nuestra situación ya delicada”, concluye. Quim Monzó escribió, unas semanas atrás, “ni el historiador más benévolo sabrá encontrar nada para poder colocarle en un discreto altar”. Así es. A él, a ellos, desde luego, la historia no les absolverá.
Uno de los problemas más graves de este periodo ha sido el sometimiento de las voces disidentes al silencio. J. Bradford DeLong, ex secretario adjunto del Tesoro de EE UU y profesor de Berkeley, escribe (La ciencia económica en crisis, EL PAÍS, 22 de mayo de 2011): “Cuando los rectores y estudiantes de las universidades exijan pertinencia y utilidad, tal vez esos colegas se pongan a enseñar cómo funciona la economía y dejen a los economistas académicos inmersos en una disciplina reducida a su mínima expresión y que se limite a enseñar la teoría de las opciones lógicas. Necesitamos más historiadores monetarios e historiadores del pensamiento económico y menos constructores de modelos”.
- En una economía abierta las recetas keynesianas son inaplicables -
Por cierto, las autoridades universitarias tendrían que reflexionar: ¿por qué se ha eliminado la Historia Económica de España de los planes de estudio de Administración de Empresas? ¿Cabe mayor despropósito? El nuevo Ministro de Educación, Cultura y Deporte debería exigir una urgente rectificación de las universidades públicas. Las privadas, y las escuelas de negocios de la Iglesia (IESE, ESADE, etcétera), que hagan lo que quieran. Algo se ha ganado con la crisis, tristemente.
Los ciudadanos, de golpe y sin ponerse a estudiar, han aprendido Economía. No es muy probable que vuelvan a dejarse embaucar por encantadores de serpientes. La democracia española ha perdido su ingenuidad.
Entre tanto, acabamos de batir el récord histórico de déficit público en porcentaje del PIB, el récord histórico del desempleo, el récord histórico del déficit exterior. La Seguridad Social ya está en déficit. ¡Ah! Y no se olviden ustedes de que “la culpa la tenemos todos”. Como si el pobre ciudadano de a pie pudiera cambiar las leyes o decidir las inversiones (¡!) públicas. Un dato para los aficionados a las comparaciones: la tasa de paro de Alemania en diciembre de 2011 se situó en el 6,6%. Es la más baja desde la reunificación en 1990. ¿Alguien se cree lo de que es “una crisis mundial”?
El plan E, o plan Zapatero, fue un programa de inversiones del Gobierno central que comportó una inyección de más de 5.000 millones de euros, fundamentalmente en pequeñas obras públicas. Un empresario, con buen criterio, aseguró que fue “tirar el dinero a la basura”, porque no sirvió para nada. Cabe matizarle: cuando se tira el dinero a la basura siempre hay por allí algún avisado para recogerlo. Como reza el segundo principio de la termodinámica, el dinero no se destruye, solo cambia de manos.
Cui prodest? El enorme esfuerzo inversor realizado tenía que haber acrecentado nuestra posición competitiva en el mercado mundial. Nada de eso: nuestra exportación es muy baja y depende casi únicamente de un par de comunidades autónomas. Adquirimos toda la tecnología en el extranjero, pero no tenemos nada que vender. Se ha invertido mucho en el exterior, pero se debe casi todo. ¡Suerte que nos quedan el Barça y el Madrid!
- La solución: mejorar la productividad con reformas estructurales -
Francisco Comín, el mejor especialista en el tema, ha escrito: “Desde que se inventó la deuda (pública y privada), los acreedores mandan. El Estado español (desde los Austrias, el mayor serial defaulter del mundo; este es un récord mundial que todavía ostentamos) es la mejor prueba histórica de que los inversores mandan. Y ahora, por el efecto contagio, por las crisis del euro y por ese historial brillante de mal pagador, los inversores exigen la reducción del déficit. No hay otra salida, si de verdad el Estado español se quiere graduar de una vez en la gestión de la deuda”.
Para entender el desaguisado, hágase el lector la misma pregunta que todos hacemos al leer una novela policíaca: Cui prodest? ¿A quién beneficia? No es verdad que se haya tirado el dinero. Algunos sabían muy bien para dónde iba. Con todo, la principal ganadora del boom de la construcción, estimulado sin escrúpulo alguno por los que mandan, ha sido la recaudación de impuestos. Ya saben, “Hacienda somos todos”. Aunque algunos más que otros.
Luego vienen los particulares. Con tanta nueva infraestructura, muchos se han llenado los bolsillos y otros muchos han encontrado puestos de trabajo, de por vida que no sirven para nada. Construyendo, financiando, administrando y, sobre todo, gobernando. Algunos deben responder ante la Justicia. Otros han gozado, legalmente, de cargos, dietas, viajes, coches oficiales, fondos de pensiones astronómicos y todo tipo de prebendas. A veces, por duplicado, por triplicado, etcétera. Los más listos tienen ya sus ahorrillos en “paradero desconocido”. Los otros, pues ya se sabe, como reza el refrán, “un tonto y su dinero se separan pronto”.
- Si el nuevo Gobierno no nos saca de apuros, pues se elige otro -
¿La cosa tiene remedio? Sí. Los reaccionarios —siempre los hay, aunque, a veces, muy bien disfrazados— dicen, como san Ignacio de Loyola, “en tiempos de aflicción no hacer mudanza”. Pues resulta que debe ser exactamente al revés. Hay que hacer toda clase de mudanzas. Habrá que apretarse mucho el cinturón. Y pagar las deudas. Y gastar solo en lo que tenga retornos seguros. Y acabar con las subastas a por el voto del personal. Y crear un verdadero mercado de trabajo. Y reformar a fondo el sistema financiero. Y cumplir con la palabra dada. Los gobernantes deben estar sujetos al Código Penal. Las instituciones deben ser transparentes y absolutamente fiables.
Keynes se murió hace tiempo, en 1946. En una economía absolutamente abierta, como la España de hoy, las recetas keynesianas son inaplicables. Aumentar la demanda interna, como recomiendan algunos sabios (¡de izquierdas!), solo traería un aumento extraordinario de las importaciones —sobre todo de China y de Alemania, o de...—, más déficit exterior, más déficit público y, como escribía el poeta Fernando Pessoa, una ruina peor.
La única solución es la mejora de la productividad con reformas estructurales. Hay que acabar con los abusos y las disfunciones. Poner fin al despilfarro de recursos en la Sanidad, exigir algún copago para que la gente no se piense que ir al médico es como ir al café a jugar al dominó, introducir precios reales —o, por lo menos, un poco realistas— en la enseñanza superior y becas para quienes se las ganen, penalizar el absentismo de quienes todavía tienen trabajo, poner peajes a diestro y siniestro, dar fin al gasto suntuario y electoralista en materia de inversiones. No se puede construir un puerto de mar en todas las capitales de provincia por la monserga de la equidad territorial.
Hay que arrimar el hombro y asumir las medidas de quienes tienen ahora la responsabilidad de sacarnos del pozo, aun si no nos gustan. No hay otro remedio. De no hacerlo así, al presidente Rajoy, los mercados, el Fondo Monetario Internacional y la señora Merkel, en tres o cuatro meses, le pondrán en la calle. Si este nuevo Gobierno no logra sacarnos de apuros, pues se elige otro. Felizmente, para eso sirve la democracia. La receta no es muy difícil, aunque la medicina será muy amarga. Pero lo sucedido no debe repetirse jamás.
Jordi Maluquer de Motes es catedrático de Historia Económica en la Universitat Autònoma de Barcelona.
José Luis Rodríguez Zapatero junto a Angela Merkel y Nicolas Sarkozy en una cumbre europea / Yves Logghe (Ap)
http://economia.elpais.com/economia/2012/02/17/actualidad/1329491637_532783.html
El mal llamado ciclo alcista de 1996 a 2008 no fue más que un espejismo y desembocó en un desastre del que costará mucho tiempo recuperarse
- España en el país de las maravillas
Jordi Maluquer de Motes – El Pais - 19 FEB 2012
La historia demuestra que el crecimiento económico moderno ha sufrido frecuentes interrupciones, crisis que se expresan en una fuerte caída del ritmo de aumento del PIB. En dos etapas históricas, en 1881-1896 y 1929-1939, la prolongada postración de la actividad productiva dio forma a sendas Grandes Depresiones. A estas alturas, comenzado el año 2012, resulta obvio que no nos encontramos ante una simple recesión —caída del PIB en dos trimestres consecutivos— ni ante una crisis de mayor o menor gravedad, sino ante una auténtica tercera Gran Depresión.
El estallido de la actual Gran Depresión se produjo en agosto de 2007 con la crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos. Pese a que nos hallamos muy lejos de ponerle fin, la crisis se ha revelado ya mucho más rápida, diversa, compleja y cambiante que ninguna de sus antecesoras; algo así como la madre de todas las crisis. Las crisis económicas nunca han afectado al mundo entero por igual. Se han cebado en aquellos países que padecían de mayor fragilidad y que estaban menos preparados para afrontarlas. Tampoco ahora se trata, como se dice machaconamente, de “una crisis económica mundial”. Lo es por la gravedad de las consecuencias de lo que sucede en Europa sobre el resto del mundo. Pero el PIB de Asia crecerá en 2012 un 7,2%. Brasil y otros países latinoamericanos también obtendrán buenos resultados. Es fundamentalmente la crisis de Latinoeuropa y, sobre todo, de Italia y España. Berlusconi y Zapatero. De Islandia, Grecia, Portugal e Irlanda también, pero son economías pequeñas cuya caída no pondrá al mundo patas arriba.
España no iba nada bien. Nunca se habían cantado las maravillas del crecimiento económico español como se ha hecho en los últimos 15 años. Con referencia a 1996-2007, se ha escrito que la crisis cierra un “ciclo de doce años de vacas gordas” o una etapa de “13 años de crecimiento ininterrumpido y robusto (3,5% de media en este periodo)”. Se ha calificado de “portentoso ciclo alcista”, “década prodigiosa” o de “larguísima década prodigiosa que va de 1996 a 2008”. Se apunta que “la economía pudo crecer desaforadamente” y que “España protagonizó una impresionante historia de éxito”. Y unas cuantas lindezas más. Todo falso. Ha sido un crecimiento económico ficticio. ¿En qué estarían pensando los analistas que contaban aquellas inverosímiles maravillas? ¡Perdónales, Señor, no sabían lo que escribían! ¿O sí lo sabían?
- Zapatero se lució con una pésima gestión de la crisis desde el principio -
Como conocen todos los estudiantes de primer año de Economía, el crecimiento no se mide por el aumento del PIB, sino del PIB por habitante. En estos años, España ha aumentado su población gracias a una inmigración de dimensiones desconocidas en la historia, muy por encima de los demás países del mundo occidental. Así que, ponderado por el aumento de sus habitantes, el crecimiento del PIB supera por muy poco al crecimiento de la UE de 15 miembros en la primera parte del periodo, para quedar por debajo ya en 2004 y de forma permanente a partir de 2006, según datos de Eurostat.
En comparación con el conjunto del mundo, el resultado es mucho peor: la economía española ha crecido por debajo de la tasa de crecimiento del PIB mundial. El único periodo en que España lideró el crecimiento, solo por detrás de Japón, fue en 1961-1973: nada menos que el 8% de aumento anual del PIB. El tamaño de la economía se multiplicó por un factor 2,7 en solo 13 años. Algo que hoy no podemos siquiera soñar.
Hay que añadir, todavía, que el exceso de crecimiento relativo del PIB español sobre el de la UE, con referencia al tamaño demográfico, es muy inferior a la gigantesca ayuda económica recibida. Se ha crecido algo más que la media gracias a los donativos gentilmente concedidos por alemanes y otros europeos del Norte, cerca de un 1% anual del PIB entre 1996 y 2006. Más, mucho más, que el Plan Marshall que permitió reconstruir Europa después de la II Guerra Mundial. Dos grandes conocedores del tema, José Luis González Vallvé y Miguel Ángel Benedicto Solsona, han calificado estos hechos como “la mayor operación de solidaridad de la historia”. Pero el maná no podía durar eternamente. ¿Quién creyó que nos iban a mantener de por vida? ¿No están ahora ellos, los europeos del Norte, en su derecho de pasar cuentas?
- No es muy probable que los españoles vuelvan a dejarse embaucar -
El capitalismo del despilfarro. La pregunta más grave es otra: ¿qué se hizo de aquella inmensa ayuda recibida, producida por el trabajo de nuestros socios de los países donantes? ¿Ha servido para elevar la productividad relativa y hacer más competitiva la economía? La respuesta es clara: se han construido numerosas líneas del TGV —nuestro entrañable AVE— ruinosas, autopistas y autovías que no llevan a ninguna parte, aeropuertos, universidades, centros tecnológicos, auditorios, polideportivos, sedes de partidos y sindicatos, ciudades de la ciencia y todo lo que usted quiera. Particularmente inquietante aparece el diagnóstico de Germà Bel, cuando anuncia que el lastre para el crecimiento de una infraestructura inútil seguirá en el futuro porque es, en sí mismo, “el problema de España”, su razón de ser.
El país entero se sintió invitado a la fiesta. Pisos en propiedad como derecho constitucional para todos, segundas y terceras residencias, embarcaciones deportivas, vacaciones en las antípodas, bodas y festejos varios por todo lo alto. En fin, ¡a vivir que son cuatro días! Antiguamente, la prosperidad del personal procedía de tener “un tío en América”. De golpe, la cosa era más cercana: “¡Ya somos europeos!”. Como alguien acabaría pagando la factura, ¡tonto el último! El fin de la presunta década dorada es “el estallido de una burbuja inmobiliaria de proporciones monstruosas”, como señaló The Economist, que estamos muy lejos de digerir.
- Uno de los grandes problemas ha sido el sometimiento de las voces disidentes -
El crecimiento económico depende del aumento de la productividad. La productividad española ha ido de capa caída. El gráfico 2 muestra su evolución en 1996-2010, expresada en porcentaje de la que ha tenido la UE de 27 miembros. El balance es desolador. Pese a los ingentes fondos europeos, la productividad relativa se deterioró hasta 2005. Solo el comienzo de la crisis y la pavorosa destrucción de empleo han permitido recuperar el nivel relativo de 1996, aunque sin consolidar esa recuperación. ¡Gracias a que no trabaja casi nadie! Al paso que vamos, llegaremos a tener el récord mundial de productividad… No se haga el lector muchas ilusiones, la productividad por persona ocupada, en términos reales, no ha mejorado apenas desde 2006. Solo que se ha empezado a deteriorar también en los restantes países de la UE.
La orgía del gasto no ha servido de mucho. Seguimos sin ancho de vía europeo, con el consiguiente diferencial de costes para la exportación a Europa. La última ocurrencia, con la que se despidió el ministro de Fomento saliente, consistió en anunciar la construcción de cinco corredores ferroviarios de ancho europeo. Observe el lector la aguda reflexión de nuestro amable rector y guía: ¿quieren ustedes caldo? Pues, cinco tazas. Si se tarda en hacerlo 50 años, mejor. Así habrá promesas electorales disponibles para lo que nos pueda quedar de vida, si conseguimos sobrevivir. Porque, entre tanto, habrá que recortar otra vez salarios, subir impuestos, congelar pensiones y retrasar de nuevo la edad de jubilación, y solicitar de la bondad humana —señora Merkel o sucesores— que nos sigan subsidiando.
Tarde y mal. El Gobierno de Rodríguez Zapatero se lució con una pésima gestión de la crisis desde el principio. Ni su país, ni su partido, se merecían este lamentable galimatías. Alfredo Pastor resume: “Diagnósticos engañosos, planes improvisados, órdenes seguidas de contraórdenes, compromisos rotos son los hitos que jalonan una trayectoria lamentable”. La imagen ante el mundo, patética: “Tanta incompetencia agrava nuestra situación ya delicada”, concluye. Quim Monzó escribió, unas semanas atrás, “ni el historiador más benévolo sabrá encontrar nada para poder colocarle en un discreto altar”. Así es. A él, a ellos, desde luego, la historia no les absolverá.
Uno de los problemas más graves de este periodo ha sido el sometimiento de las voces disidentes al silencio. J. Bradford DeLong, ex secretario adjunto del Tesoro de EE UU y profesor de Berkeley, escribe (La ciencia económica en crisis, EL PAÍS, 22 de mayo de 2011): “Cuando los rectores y estudiantes de las universidades exijan pertinencia y utilidad, tal vez esos colegas se pongan a enseñar cómo funciona la economía y dejen a los economistas académicos inmersos en una disciplina reducida a su mínima expresión y que se limite a enseñar la teoría de las opciones lógicas. Necesitamos más historiadores monetarios e historiadores del pensamiento económico y menos constructores de modelos”.
- En una economía abierta las recetas keynesianas son inaplicables -
Por cierto, las autoridades universitarias tendrían que reflexionar: ¿por qué se ha eliminado la Historia Económica de España de los planes de estudio de Administración de Empresas? ¿Cabe mayor despropósito? El nuevo Ministro de Educación, Cultura y Deporte debería exigir una urgente rectificación de las universidades públicas. Las privadas, y las escuelas de negocios de la Iglesia (IESE, ESADE, etcétera), que hagan lo que quieran. Algo se ha ganado con la crisis, tristemente.
Los ciudadanos, de golpe y sin ponerse a estudiar, han aprendido Economía. No es muy probable que vuelvan a dejarse embaucar por encantadores de serpientes. La democracia española ha perdido su ingenuidad.
Entre tanto, acabamos de batir el récord histórico de déficit público en porcentaje del PIB, el récord histórico del desempleo, el récord histórico del déficit exterior. La Seguridad Social ya está en déficit. ¡Ah! Y no se olviden ustedes de que “la culpa la tenemos todos”. Como si el pobre ciudadano de a pie pudiera cambiar las leyes o decidir las inversiones (¡!) públicas. Un dato para los aficionados a las comparaciones: la tasa de paro de Alemania en diciembre de 2011 se situó en el 6,6%. Es la más baja desde la reunificación en 1990. ¿Alguien se cree lo de que es “una crisis mundial”?
El plan E, o plan Zapatero, fue un programa de inversiones del Gobierno central que comportó una inyección de más de 5.000 millones de euros, fundamentalmente en pequeñas obras públicas. Un empresario, con buen criterio, aseguró que fue “tirar el dinero a la basura”, porque no sirvió para nada. Cabe matizarle: cuando se tira el dinero a la basura siempre hay por allí algún avisado para recogerlo. Como reza el segundo principio de la termodinámica, el dinero no se destruye, solo cambia de manos.
Cui prodest? El enorme esfuerzo inversor realizado tenía que haber acrecentado nuestra posición competitiva en el mercado mundial. Nada de eso: nuestra exportación es muy baja y depende casi únicamente de un par de comunidades autónomas. Adquirimos toda la tecnología en el extranjero, pero no tenemos nada que vender. Se ha invertido mucho en el exterior, pero se debe casi todo. ¡Suerte que nos quedan el Barça y el Madrid!
- La solución: mejorar la productividad con reformas estructurales -
Francisco Comín, el mejor especialista en el tema, ha escrito: “Desde que se inventó la deuda (pública y privada), los acreedores mandan. El Estado español (desde los Austrias, el mayor serial defaulter del mundo; este es un récord mundial que todavía ostentamos) es la mejor prueba histórica de que los inversores mandan. Y ahora, por el efecto contagio, por las crisis del euro y por ese historial brillante de mal pagador, los inversores exigen la reducción del déficit. No hay otra salida, si de verdad el Estado español se quiere graduar de una vez en la gestión de la deuda”.
Para entender el desaguisado, hágase el lector la misma pregunta que todos hacemos al leer una novela policíaca: Cui prodest? ¿A quién beneficia? No es verdad que se haya tirado el dinero. Algunos sabían muy bien para dónde iba. Con todo, la principal ganadora del boom de la construcción, estimulado sin escrúpulo alguno por los que mandan, ha sido la recaudación de impuestos. Ya saben, “Hacienda somos todos”. Aunque algunos más que otros.
Luego vienen los particulares. Con tanta nueva infraestructura, muchos se han llenado los bolsillos y otros muchos han encontrado puestos de trabajo, de por vida que no sirven para nada. Construyendo, financiando, administrando y, sobre todo, gobernando. Algunos deben responder ante la Justicia. Otros han gozado, legalmente, de cargos, dietas, viajes, coches oficiales, fondos de pensiones astronómicos y todo tipo de prebendas. A veces, por duplicado, por triplicado, etcétera. Los más listos tienen ya sus ahorrillos en “paradero desconocido”. Los otros, pues ya se sabe, como reza el refrán, “un tonto y su dinero se separan pronto”.
- Si el nuevo Gobierno no nos saca de apuros, pues se elige otro -
¿La cosa tiene remedio? Sí. Los reaccionarios —siempre los hay, aunque, a veces, muy bien disfrazados— dicen, como san Ignacio de Loyola, “en tiempos de aflicción no hacer mudanza”. Pues resulta que debe ser exactamente al revés. Hay que hacer toda clase de mudanzas. Habrá que apretarse mucho el cinturón. Y pagar las deudas. Y gastar solo en lo que tenga retornos seguros. Y acabar con las subastas a por el voto del personal. Y crear un verdadero mercado de trabajo. Y reformar a fondo el sistema financiero. Y cumplir con la palabra dada. Los gobernantes deben estar sujetos al Código Penal. Las instituciones deben ser transparentes y absolutamente fiables.
Keynes se murió hace tiempo, en 1946. En una economía absolutamente abierta, como la España de hoy, las recetas keynesianas son inaplicables. Aumentar la demanda interna, como recomiendan algunos sabios (¡de izquierdas!), solo traería un aumento extraordinario de las importaciones —sobre todo de China y de Alemania, o de...—, más déficit exterior, más déficit público y, como escribía el poeta Fernando Pessoa, una ruina peor.
La única solución es la mejora de la productividad con reformas estructurales. Hay que acabar con los abusos y las disfunciones. Poner fin al despilfarro de recursos en la Sanidad, exigir algún copago para que la gente no se piense que ir al médico es como ir al café a jugar al dominó, introducir precios reales —o, por lo menos, un poco realistas— en la enseñanza superior y becas para quienes se las ganen, penalizar el absentismo de quienes todavía tienen trabajo, poner peajes a diestro y siniestro, dar fin al gasto suntuario y electoralista en materia de inversiones. No se puede construir un puerto de mar en todas las capitales de provincia por la monserga de la equidad territorial.
Hay que arrimar el hombro y asumir las medidas de quienes tienen ahora la responsabilidad de sacarnos del pozo, aun si no nos gustan. No hay otro remedio. De no hacerlo así, al presidente Rajoy, los mercados, el Fondo Monetario Internacional y la señora Merkel, en tres o cuatro meses, le pondrán en la calle. Si este nuevo Gobierno no logra sacarnos de apuros, pues se elige otro. Felizmente, para eso sirve la democracia. La receta no es muy difícil, aunque la medicina será muy amarga. Pero lo sucedido no debe repetirse jamás.
Jordi Maluquer de Motes es catedrático de Historia Económica en la Universitat Autònoma de Barcelona.
José Luis Rodríguez Zapatero junto a Angela Merkel y Nicolas Sarkozy en una cumbre europea / Yves Logghe (Ap)
http://economia.elpais.com/economia/2012/02/17/actualidad/1329491637_532783.html
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